
“Jesús en persona se les acercó y se puso a caminar con ellos. Estaban muy
desanimados... Le dijeron: ‘quédate con nosotros’. Mientras estaba con ellos en la
mesa, tomó el pan, pronunció la bendición, y lo partió y se los dio. En ese momento
se les abrieron los ojos y lo reconocieron” (Lc 24, 15. 17. 29. 30-31)
P. Ricardo E. Facci
Vamos a caminar con los discípulos de Emaús (Lc 24,13-35)
“Estén siempre alegres” (1Tes 5,16), nos dice San Pablo de modo conclusivo,
imperativo. La clave para esta alegría, es la experiencia del Resucitado.
Experiencia faltante en los discípulos de Emaús. Estaban tristes. Era entendible.
Durante tres años lo habían dejado todo. La cruz era el gran fracaso. Al lado del crucificado
quedaron su mamá, su amigo Juan y su amiga María Magdalena. El resto se escondió, lo
negó, desapareció, y los de Emaús se volvieron tristes. “El profeta poderoso en obras y
palabras” había terminado en un rotundo fracaso.
No bastaban simples palabras para cambiarles el semblante, el corazón, la tristeza en
alegría. No bastaba la catequesis. Por esto, no bastó que “las mujeres... y los ángeles trajeran
una buena noticia”; no bastó la explicación de que “el Mesías debía pasar por el sufrimiento
para entrar en la gloria”.
Fue necesario reconocerlo, descubrir quién era el que partía el pan.
Por más que exista una catequesis, un anuncio de maravillas, no colma la búsqueda
de la trascendencia de la vida del hombre. Se pueden conocer muchas cosas, ser un laico
comprometido, un consagrado, un sacerdote, un obispo, que si no se tiene la “experiencia del
resucitado” se permanecerá lejos del “estén siempre alegres”. Se caminará de modo
vacilante, con dudas, sin saber claramente a quién se sigue.
¿Cómo buscar esta experiencia? Por el mismo estilo del Mesías. No en lo
espectacular. Sino en lo sencillo. En lo cotidiano. En el hermano, en el “donde dos o tres
estén reunidos en mi nombre”, en la Palabra, en la oración, en el amor que damos y
recibimos, en la naturaleza, y en tantas realidades donde el Señor pueda mostrarse... por
sobre todo, a partir de esta reflexión, en el partir el pan.
Sabemos bien que la Eucaristía no es una representación, ni una imagen, ni un
símbolo, ni una idea, es Cristo mismo, realmente presente. Es un ámbito por excelencia en el
que podemos encontrarlo. Por esto, nos preguntarmos: ¿Tenemos hambre de este Cristo
Vivo? ¿Cada misa es, para nosotros, un encuentro real con Él? Cada Sagrario, ¿es para
nosotros lo que verdaderamente contiene? ¿Nuestro saludo al Sagrario es signo de nuestra
fe? ¿No hemos caído en la rutina ante este gran misterio de la presencia del Cristo Vivo?
Nuestra participación en la Santa Misa, ¿es fruto de nuestro encuentro con el Cristo Vivo, o
nos motiva la costumbre, el temor al pecado, la inercia de cada fin de semana? ¿Está
dormida nuestra fe?
En muchos lugares del planeta para participar de una Eucaristía hay que arriesgar la
vida, ir a escondidas. En otros, hay que caminar varios kilómetros para encontrarse con el
Cristo Vivo hecho Eucaristía, para celebrar la Pascua de cada Misa. Por otro lado, nos
cuestionamos ante quien tiene la Eucaristía a mano, cada día y cada semana pero no
participa, que pasa frente al templo cotidianamente y no le dice nada, ¿puede decirse que es
un hombre de fe? ¿Puede llamarse cristiano? ¿Puede decir que ama a Dios y a su enviado
Jesucristo?
Cada día se constata más que hay mucha gente que ya no tiene hambre de Dios.
Prescinde de Él, es autosuficiente. Esto que le pasa a muchos puede ocurrir en uno, nadie
está exento del pecado, la autosuficiencia es el pecado de Adán. Esta es la invitación de
Jesús de sacudirse los zapatos en la plaza y marchar a otros lugares a evangelizar. No hay
peor límite para la evangelización que ser indiferente al Cristo Vivo. Es importante
cuestionarse, porque esto puede ocurrir en tu familia, en tu persona. Es algo trágico.
Por esto, la Pascua debe conducirnos a un encuentro con el Cristo Vivo. No
temamos de encontrarnos con Él, el resultado será maravilloso. Podremos sacarlo del
tabernáculo, tomarlo de la mano y salir por el mundo, recorriendo nuestros caminos con Él.
De este modo, quien se encuentra con nosotros no recibirá simplemente catequesis,
explicaciones sobre el Mesías, un funcionario que distribuye consuelos en nombre de Dios,
sino que experimentará al Cristo Vivo, Salvador de los hombres. Encontrará el ardor de la fe,
“¿no ardía nuestro corazón...?” Lo podrán descubrir en nuestro partir el pan, sí el de la
Eucaristía, pero también en nuestro partir el pan del amor, el pan de la mesa, el pan del
abrigo, el pan del cariño, el pan de la verdad, el pan del consuelo, el pan de la misericordia y
del perdón, el pan de la trascendencia, de la vida eterna.
Así, responderemos a la invitación de San Pablo, la alegría del resucitado inundará
el mundo, a través del corazón de cada cristiano.
Oración
Señor Jesús,
verdadero Cristo Vivo,
Cristo de la Pascua y de la alegría,
no queremos ser indiferentes a tu accionar y presencia
cerca de nosotros.
Queremos descubrirte, como los discípulos de Emaús,
y tomándote de la mano,
recorrer el mundo, para que muchos te puedan descubrir
al partir el pan, en el testimonio de nuestras vidas.
Danos la gracia de encontrarte,
para que al arder nuestros corazones,
mucho otros se enciendan. Amén.